Entre Peñíscola y Vinarós, Benicarló es un paréntesis de tranquilidad y autenticidad que se mantiene casi intacto en plena locura mediterránea. Pero Bló –la forma coloquial de abreviar su nombre– es también la fórmula secreta para unir elementos tan dispares como alcachofas y playa, street art y arquitectura barroca, y pasado bereber y mansiones medievales, y conseguir que todo salga bien. Te desvelamos unos cuantos motivos por los que debes incluir este rincón castellonense en tu próxima escapada.
La vida en torno a las plazas


Como en otras localidades de la zona, para tomar el pulso a Benicarló lo mejor es sentarte en una de sus plazas y ver pasar la vida. En el casco antiguo hay unas cuantas para elegir , desde la señorial de San Bartolomé –con su monumento a los labradores y un cesto repleto de alcachofas– hasta la nueva plaza del Mercado pasando por la vibrante plaza de Blasco Ibáñez y la del Mercado Viejo, con su fuente de trencadís y estética setentera.
La herencia árabe


Una de las calles más antiguas de Benicarló es el Carrer Ample, en pleno casco histórico. Aquí se asentó una pequeña alquería bereber de labradores que dependía de la cercana Peñíscola. Aún se mantiene una puerta de madera, muy oscura, grabada con caractéres árabes que dicen En el nombre de Dios, clemente y misericordioso. Es el germen de lo que más tarde se convirtió en Benicarló y de la ciudad multicultural que es en la actualidad.
Los mil y un rincones de la iglesia de San Bartolomé


Su campanario fue usado como torre vigía y cárcel en la Guerra de la Independencia y como refugio antiaéreo en la Guerra Civil, pero lo más importante de esta construcción octogonal de 38 metros y de todo el conjunto, es su papel de icono en Benicarló. La iglesia de San Bartolomé –consagrada a su patrón– es, además, toda una joya barroca del siglo XVII, con las columnas salomónicas de su portada y los clásicos ladrillos vidriados azules de su cúpula.
Las mansiones señoriales


El pasado medieval de la ciudad se ve reflejado en un buen número de casonas y mansiones señoriales que permanecen casi intactas, con su escudo de armas. Entre las más importantes destacan la Casa de la Baronesa –de estilo renacentista y actual sede del Ayuntamiento– y la Casa del Marqués –o Casa de los Miquel, en el Carrer de Sant Joaquim–, un lujoso palacete barroco que conserva casi intacta la cocina, decorada con cerámica valenciana.
Las casas benicarlandas


Para saber cómo se vivía de puertas para adentro, entra en la Casa Benicarlanda, en la calle de Santa Cándida, en pleno barrio de Santa Bárbara, y comprueba la importancia que llegó a tener el vino Carlón en el siglo XVI, muy apreciado en Europa por su sabor y buena conservación. También puedes pasear por la historia de la ciudad a través del Antiguo Convento de San Francisco, que hoy acoge el MUCBE, Museo de la Ciudad de Benicarló.
El coqueteo modernista


El auge de la exportación del vino Carlón y sus conexiones comerciales –las empresas de tonelería, el puerto…– creó una burguesía terrateniente cuyo enriquecimiento se vio frustrado por la llegada de la filoxera, a principios del siglo XX. Como en tantas ciudades, la arquitectura modernista era el símbolo patente de triunfo económico, un estilo que aquí no tuvo tiempo de cuajar, pero que cuenta con ejemplos tan bellos como la Casa Bosch.
Las omnipresentes alcachofas


Te sorprenderá que en un espacio costero y eminentemente marinero –de hecho, su puerto es uno de los más importantes de la zona–, la carta de presentación gastro no sea un alimento del mar, sino de la huerta. Hablamos de la alcachofa, que aquí tiene denominación de origen protegida y cuenta con numerosos festivales. La encontrarás preparada de mil formas y convertida en seña de identidad de la ciudad, como escultura o elemento decorativo.
Las increíbles playas


Y llegamos al que, seguramente, hayas situado como primer motivo (y a veces, único) para venir a Benicarló: sus playas. Como muchas en la Costa del Azahar, son espectaculares, accesibles, de arena tostada (las más alejadas, con grava) y con bandera azul. Las más populares –la playa del Morrongo y la de la Mar Xica– se sitúan a cada lado del puerto. También están la de la Caracola –al sur–y Aiguadoliva –al norte–, algunas, adaptadas para perros.
El arte de los murales






Tras varias ediciones del Camden Bló, el street art es, por derecho, una de las manifestaciones artísticas más genuinas de Benicarló, con muralistas tan relevantes como Xolaca, Niño de Cobre o El Niño de las Pinturas, entre otros. Las obras se concentran en el centro histórico y en calles como la plaza de Blasco Ibáñez o la calle del Cristo del Mar, y se agrupan en el Museu d’Art Urbà (Bló), que convierte la ciudad en un museo al aire libre.
La imagen que abre el texto es Iglesia de San Bartolomé | EVG

